Caravana, dulce caravana

Son una estupenda opción para irse de camping, cómodas y prácticas. Suelen resultar, además, una idea muy buena, por económica, a la hora de conocer el mundo, pero, ¿podríamos vivir en una caravana? En éstas que aquí presentamos, sí.

Comencemos por el último de un ranking de cinco de estos vehículos (suenan, con eco, los altavoces)… “En quinto lugar, el refugio del sibarita, el palacio de la comodidad… ¡La Tabbert paganini 655 DF!” De diseño vanguardista y un interior en el que prima la comodidad esta caravana cuesta en torno a 40.990 euros.

caravana

“La cuarta posición es para el sultán del camping, la estrella del descanso: la Dethleffs Globetroter XXL Premium Liner”, un verdadero capricho de perfección alemana y elegancia en todos los sentidos. Por no hablar de que se halla en la cúspide de sector de las caravanas, con un precio, eso sí acorde a este hecho: a partir de 155.000 euros.

El medallero

“Tercera posición y medalla de bronce para la reina del mar y la montaña, la viajera incansable, la casa móvil: la PhoeniX Top-Liner”. Basadas en el chasis de los famosísimos camiones MA TGL, esta maravilla americana representa el lujo por el lujo, a cambio, eso sí de 219.000 euros.

“En segunda posición, medalla de plata y aplauso de oro para un bello monstruo, para una corredora infatigable y, a la vez un hogar cómodo  acogedor. El clásico: la James Cook Westfalia”. Tras más de medio sigo adaptando furgonetas, la casa alemana ha ido acumulando experiencia en elaborar los productos más codiciados del mercado. Ésta es la heredera de tal tradición. Lo es, además, por el precio de 87.000 euros.

¡La número uno!

Carraspeo. Atavoces que se acoplan. Crujido con eco por toda la estancia. Redoble de tambor. “La campeona, la número uno, la reina del camping, la mejor compañera de la familia, el orgullo de los papis y amiga de los nenes: la número uno y medalla de oro indiscutible: ¡¡la grandiosa Hymermobil Clase S!!”

Se trata de un auténtico, ya que no palacio, chalet con ruedas, con absolutamente cualquier detalle necesario par el mayor confort y alguno superfluo, de esos que se llaman “lujos” y que al fin y al cabo sus dueños se merecen. Aunque sea descortés habar del precio de esta maravilla, diremos que ronda los ciento treinta y dos mil euros.

Hemos presentado cinco caravanas de lujo, cinco maravillas de la carretera y la acampada, pero, si nos paramos a buscar, seguro que daremos, como poco, con otras tantas mucho más asequibles y, desde luego, cómodas y acogedoras.

Sin ánimo de hacernos los suecos

En principio, la capital de Suecia, Estocolmo, no se halla entre los destinos más demandados por los turistas. Al menos no se percibe como un lugar del que todo el mundo habla como sitio perfecto para unas vacaciones. Y puede que sea así, pero eso no significa que no sea un magnífico punto al que viajar.

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Escapada cultural hogareña

El otro día me encontré a una amiga que hacía mucho que no veía. Cuando terminamos de actualizarnos, me contó el motivo de su visita a la ciudad, una escapada cultural-hogareña. El caso es que ella y tres amigas más quedaban en una de las casas de ellas y compartían , durante un fin de semana, sus aficiones, e incluso se las intercambiaban.

Cuando me contó eso, le tomé la temperatura , te tomé el pulso, para comprobar lo mal que estaba. Ella entre risas, explicó que no se trataba de un experimento ni de una locura, ya lo habían hecho más veces y era una experiencia. Cuéntame, ¿no?

En realidad es un fin de semana de campo: rutas por la zona por la mañana y comida en la casita de lo que cada una trajese. Después del cafelito y las infinitas conversaciones y copas, o no…pasaban a; una a pintar, otra a tocar un instrumento, otra a escribir poesía, otra restauraba o construía algo y todo lo que se hacía era dentro de un tema común… Bueno, no os lo he comentado, pero todas se dedican al arte.

Intercambio de roles

Me lo iba contando y yo me imaginaba ahí, en medio, no sé lo que haría, como me ponga a tocar algún instrumento, ¡el día que les iba a dar! Y se lo dije, que no veía ésa una actividad extensible a otro tipo de personas. Ella con cara sonriente comenzó a comentarme lo más interesante de la historia; a medida que iban terminando sus obras se cambiaban los roles.

Y sí… eso de no saber tocar un instrumento también lo experimentaron y sufrieron al principio, pero dice, que será el ambiente o la concentración, el dejarse llevar, no sabe, pero  al final salen melodías aceptables. Melodías, Poesías, pensamientos, dibujos, artilugios… Están así hasta altas horas de la noche, hasta que una a una cae rendida. Al día siguiente recolectan todo lo que han creado, lo comentan, hacen fotos y lo guardan cuidadosamente.

Obras compartidas

Cuando terminan su fin de semana se organizan para ir a lugares que les dejen exponer sus obras  ¿Los lugares? donde les dejan, la verdad:  bares, mini salas de exposición, cafeterías, salas privadas, tiendas, estaciones. Espero que tengáis mucha suerte y gente con ganas de crear se merece que les abran las puertas.

Me gustan las exposiciones, cuanto más raras mejor y le he prometido ir a ver alguna de sus exposiciones… Ya os contaré ese fin de semana cultural.

¿De verdad Castilla es ancha?

Dice Ortega y Gasset: “Castilla es ancha y plana, como el pecho de un varón; otras tierras, en cambio, están hechas con valles angostos y rendondos collados, como el pecho de una mujer”, si no me falla la memoria en España invertebrada. Si sí me falla, qué le vamos a hacer…

No seré yo quien niegue la belleza literaria del entrecomillado, ni pienso puntualizar desde el punto de vista de la geografía o de la política a afirmación de don José. Jamás lo uno ni lo otro. Pero, desde el punto de vista de la orografía, tengo alguna que otra puntualización: Castilla no siempre es una meseta plana, donde la vista se pierde en el infinito.

No es la primera vez que afirmo y presumo de mi origen gallego, del mismo modo que no lo es que agradezco la adopción que en una y otra Castilla me han ofrecido. Y, tal vez por ello, por mi vida entre valles y montes, cuando llegué, con catorce años escasos, a León y vi que mis ojos miraban al horizonte y la Meseta se asemejaba al mar y se juntaba, plana, con el cielo, recodé la cita, que ya por entonces había oído en algún lado.

Una cita en tela de juicio

Como El Bierzo o la zona norte de León es un área fronteriza, seguí dando por buena la frase de Ortega. Y, la verdad, a esas edades no te paras demasiado a pensar en estas cosas.

Ya mayor de edad, en Salamanca, me llevaron a conocer La Alberca, Sotoserrano, Miranda del Castañar… Pueblos, todos ellos, serranos y castellanos (y leoneses, si nos ponemos precisos). Algo no encajaba ¿Esa era la planicie que mencionaba el filósofo?

Naturalmente, sé que el Sistema Central divide a la Meseta en dos, pero, con todo, vamos a obviar ese espinazo montañoso y hablar de las supuestas llanuras que están al norte y al Sur. Bueno, no: al norte ya he dicho que mi percepción cambió al conocerlas sierras salmantinas.

Don Quijote en bicicleta

Pero, ¿y al sur? ¿Podía Don Quijote haber recorrido La Mancha en bicicleta más cómodamente que a caballo? Es posible. Pero Cervantes tendría que haberse ahorrado, por ejemplo, el pasaje de los molinos, puesto que estos, para aprovechar el viento, se construían en alto

… Altos y altozanos que jalonan las tierras manchegas, por no hablar de diferentes sistemas montañosos que, por modestos, no estudiábamos en la escuela: la serranía de Cuenca, los Montes de Toledo, las Sierras de Alcaraz y Segura… Lugares todos ellos merecedores por sí mismos de un artículo aparte.

Un artículo que tendrán, aunque sólo sea por poner en tela de juicio una afirmación tan comúnmente aceptada.

Las desventuras de un dominguero (IX)

Lo cierto es que la cosa no tenía tan mala pinta. Pero, chico, cuando se trata de mí, no puedo fiarme. No puedo. Y punto. Mira que el parque temático de Warner Bross está a pocos kilómetros de Madrid, tan cerca que casi no llega a la categoría de excursión. Pero, nada: que es salir de casa con la idea de relajarme un poco y que me pase de todo.

Vamos a ver: resulta que, para celebrar que Nelson había encontrado uno trabajo de portero en una discoteca y una habitación en casa de unos compatriotas –esto último, no sé por qué, no le sentó bien a mi esposa-, decidimos pasar un sábado en familia en el parque temático. Lo mismo podíamos haber decidido pasarlo jugando al Trivial, pero no: esta gente quiere salir de casa. En fin.

A primera hora

Total, que salimos prontito, para no tener problemas con el aparcamiento. O esa era idea: el nene que no encuentro mi visera de Mickey Mouse (pero, ¿para qué la quieres si nos vamos al territorio de la competencia? Si es que te encanta provocar); la nena que llora porque le da miedo el Demonio de Tasmania (mira: eso es algo que tenemos en común); la mami buscando un gorra, consolando a la chica y ordenándome que me aparte, que ya que no ayudo, tampoco estorbe.

Total: salimos de casa a las once y media (no sé por qué, pero no me extraña). Llegamos a la explanada que sirve de aparcamiento para La Guarner y nos toca dejar el coche de modo que casi tenemos que llamar a un taxi para alcanzar las puertas.

Engullendo diversión

Cuando llegamos a la taquilla, nos damos cuenta de que nos hemos olvidado de los códigos promocionales, de modo que hemos de pagar el precio completo de la entrada. Bueno: al menos no nos hemos dejado la cartera en casa. No sería la primera vez.

Tras permitir que nos echen un vistazo a la mochila y que nos digan amablemente que no podemos entrar con concomida, engullimos los bocadillos empujándolos con Cocacola. Entramos. A los chicos se les olvidan todos los males y quieren subirse a todo, probarlo todo y dejarse la voz en cada grito penetrante de “Mira, mami, vamos ahí”.

Quién me mandaría a mí…

Después de trotar durante dos horas y pico a paso ligero, mi esposa y yo nos decidimos a subirnos a una de las atracciones: una especie de sofá gigante que te pone cabeza abajo y te mueve de todas las maneras posibles.

Salgo con la comida que he engullido justo en la traquea. Pero lo niños, crueles, no nos permiten un respiro y nos obligan a corretear detrás de los espectáculos, desfiles y atracciones. Basta. No puedo más. El medio grito nos sale al unísono a mi mujer y a mí. Con el permiso de los chicos, nos bebemos un refresco.

Cae la noche, gracias al cielo

De nuevo a correr. Ni que fueran a desmantelar el parque mañana mismo. Por fin llega la hora del cierre. Es una lástima que los niños no tengan carné, porque mi respectiva y yo nos habríamos ahorrado arrastrarnos hasta el coche que, por otra parte, yo juraría que nos habían cambiado de sitio y estaba como cinco kilómetros más allá.

Llegamos a casa. Les damos la cena a los chicos. Hala. Todos a dormir.

Ha sido un día complicado: debo de haber perdido como diez kilos de tanto correr, creo que voy a tardar como una semana en digerir lo que he comido y que, por cierto, casi se me sale por las orejas en aquella atracción infernal.

Música, ruido, niños gritones y maleducados que casi me permiten entender a Herodes… Pero lo peor de todo, lo que me ha molestado, por no decir cabreado profundamente es que… Me ha encantado la experiencia. A ver si volvemos pronto.

Las desventuras de un dominguero (IV)

Ahora que van cayendo las primeras nieves, me vienen a la cabeza mis primeras vacaciones blancas. ¡Y qué recuerdos!… Ya desde pequeñito apuntaba maneras. Debía de andar yo por los diez años, cuando mis padres me anunciaron, un miércoles, que nos íbamos de fin de semana a la nieve. Me alegré una barbaridad.

Pero llegó el viernes y me llevé el primer chasco: no íbamos a ir a Baqueira Beret. Yo, que había fantaseado los dos días que nos separaban del ansiado “finde” con conocer a las Infantas –entonces, en los ochenta, Cristina de Borbón era mi mujer ideal y Elena era… bueno, era-, mientras auxiliaba a Don Juan Carlos de su enésima lesión de esquí.

Las desventuras de un dominguero (IV)

En fin. Lástima. Pero no iba a dejar que el no conocer a mi mujer ideal me desanimara… ¡Que me iba a la nieve! Cuando llegamos, ya había anochecido, de modo que mi padre decidió que sería buena idea cenar y dormirnos pronto.

Los excesos se pagan

En cuanto a la primera parte, sin problema: como a mi padre le gustaba hacer los viajes del tirón, por si acaso el SETA Parda que conducía se paraba y no volvía a arrancar, me quedé sin merienda. Cené como el pequeño salvaje que estaba hecho.

Pero la cena, no sé si por el cambio de agua o porque me cené todo lo que no me había merendado, más la cena, más el desayuno y almuerzo del día siguiente por si no me daba tiempo a comer, me sentó bastante mal.

Suerte de servicios médicos

No sólo yo pasé una mala noche, sino que también lo hicieron mis padres y un malhumorado médico de la estación, más acostumbrado roturas y luxaciones que a un niño con una indigestión de mil demonios. En fin: que nos dormimos a las cinco.

Las desventuras de un dominguero (IV)

A las ocho sonó el despertador, pero las escasas horas de sueño hicieron que no nos levantáramos hasta las once. Cuando íbamos camino del telesilla, con unos esquíes alquilados, mi cara hacía juego con la nieve circundante.

El más mínimo fallo podría ser fatal

Y debí pasar de pálido a cerúleo cuando vi cómo remontaban las pistas: si aquel palo que se suponía que debía ir entre las piernas erraba el tiro podía pasar que me convirtiera en uno de esos castratti que estudiábamos en clase de música… O que no pudiera volver a sentarme con naturalidad en clase alguna.

Tras no pocos lloros, accedía a remontar la pendiente. Y, una vez arriba, fue peor: sólo veía una manera de bajar. Y no me gustaba. ¿Deslizarme por una ladera sobre dos tablas? Eso se le daba bien a los Fernández-Ochoa, pero no era mí, que aprecio demasiado mis articulaciones y una cara que, aunque no es bonita, es funcional.

Si Peret me hubiese visto…

Más lloros. Tantos que el escaso desayuno que había conseguido ingerir acabó manchando la impoluta nieve. No entiendo cómo no provocamos un alud al sumarse mis sollozos a los gruñidos malhumorados de mi padre.

En fin, que tras varios litros de lágrimas cayendo en la nieve (seguro que Peret habría compuesto una buena canción: “uuuuna lágrima cayó en la nieeve”) me decidía a probar a deslizarme, con los esquíes en cuña, como me habían dicho.

Nueve coma ocho metros por segundo al cuadrado

La sensación de ingravidez, de libertad, de fluidez fue absoluta… Durante diez metros, que fue lo  que tardé en poner los esquíes en paralelo. Envalentonado por llevar varios segundos sin caerme, decidí que era hora de ganar velocidad. Qué sabe un niño de diez años que ha suspendido Ciencias Naturales de la gravedad y de sus nueve coma ocho metros por segundo al cuadrado.

Penguin Peak summit. Chugach Mountains, Alaska

Las últimas palabras antes de despertarme en el hospital fueron “¡¡Que alguien quite de ahí esa árb!!… ¡uf! Cuando me desperté, ya en planta, lo hice chillando “¡¡…Boooool!!”, completando la frase que un pino inoportuno y maleducado había interrumpido.

Un extraño despertar

Era martes. Me había perdido un par de días de escuela y, encima, como los médicos confundieron mi alarido con que había cantado un gol, decidieron que sería buena idea que me visitara la estrella del equipo de la ciudad, que casualmente estaba ingresado por una torcedura de bota, o algo similar. A mí. Que de fútbol sólo sé que los jugadores se depilan las piernas.

Yo temía el enfado de mis padres por haberles chafado el fin de semana, pero, cuando vieron que su hijo abría los ojos y la garganta con tal entusiasmo, decidieron que un chico de tanta energía y gracia no merecía que permanecieran enfurruñados demasiado tiempo.

Un beso para papá y otro para mamá

Aunque no acabe de venir a cuento, he de decir que en ésta y otras ocasiones mis padres se portaron como verdaderos santos. De hecho, sólo he visto a mi padre enfadado de verdad una vez:

La única ocasión en la que mi progenitor no dejó al Santo Job por un histérico fue cuando, al año y pico de todo aquello, cuando yo empezaba a recuperar la forma física tras rehabilitarme de una muñeca, una pierna y cuatro costillas rotas alguien dijo que deberíamos ir a celebrar mi salud a Baqueira Beret, a ver al Rey y a las Infantas.

Ese alguien pagó la furia de mi padre cenando sopa por Nochevieja, en el hospital, con pajita. Desde entonces, prefiero que las vacaciones sean en la playa y con buen tiempo.

Volver

Como cantaba don Carlos Gardel, hoy voy a “volver”, aunque no lo haga con la frente marchita, ni las nieves del tiempo plateando mi sien y, si veinte años no es nada, las pocas semanas que han pasado desde que visitamos Argentina es lo más parecido a que no nos hayamos ido nunca.

Si en la última ocasión visitábamos “mi Buenos Aires querido”, hoy nos vamos a dar una vueltecita por otras ciudades. Concretamente, nos dirigimos en primer lugar al sudeste de la capital, a la localidad de Neochea.

Volver

Junto a la desembocadura del río Quequén, Neochea ofrece cualquier servicio imaginable en una ciudad mediana, sea en el centro viejo o administrativo, sea en el nuevo o villa balnearia, junto al mar. El uno y el otro están unidos a través de la diagonal San Martín.

Sol y playa

Neochea es sol, playa, verano austral. Los arenales del entorno se caracterizan por los amplio y, diseminados entre ellos o concentrados en el centro nuevo se ubican una gran cantidad de balnearios, sobre todo entre las calles 71y 89. El área de mayor actividad comercial es la que se encuentra por las peatonales 83 y 85.

Ésta es también la ciudad de destino favorita de los pescadores deportivos por su río, sus lagunas o sus amplísimas costas. También es posible contratar una expedición de pesca en alta mar.

Una ciudad joven

La historia de la ciudad se remonta hasta el año de su fundación, 1881, año desde el que fue creciendo como centro agropecuario, merced a su puerto cerealero, que además le confiere un estructura única como población.

La escollera Sur, además de ofrecer abrigo al puerto, es conocida por el gran tamaño de sus peces, así como por las estupendas olas que pueden disfrutar los surferos. Se dice que allí se forma la mejor ola izquierda de Argentina.

Una pequeña dinamarca

Como dato curioso, podemos apuntar que Neochea alberga a una de las mayores comunidades de descendientes de daneses con un club y una iglesia al modo de este país en la calle 51 y entre 64 y 65, respectivamente. También allí se ubica un consulado de Dinamarca.

Pero hemos hablado de ciudades, en plural, de modo que te adelantamos que en próximas visitas al país argentino nos iremos a un lugar un tanto más alejado, una ciudad de la costa atlántica a 450 kilómetros de la capital.

Se trata de Miramar, y es la prueba evidente de Argentina es mucho más que carne, pampa y tango. Pero eso será cuando volvamos por aquí.

Zaragoza, una ciudad con historia (II)

El otro día hablábamos, sobre todo, de dos de los edificios más significativos de Zaragoza: el Pilar y la Seo. Hoy vamos a ver un poco el pasado romano y musulmán que tiene la ciudad y que ha dejado una huella profunda en su carácter y en su historia.

Antes de la llegada de los romanos a la península, los territorios que conforman la ciudad ya estaban habitados desde el siglo VII a. C. por pueblos de la Edad del Bronce, también los íberos fundaron su ciudad sobre estas tierras y la llamaron Salduie.

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Salamanca tierra mía, de arte y sabiduría (II)

La vez anterior hablamos de Salamanca como ciudad monumental, cultural, artística, pero Salamanca tiene más facetas que ofrecer a aquellos que se acercan a conocerla unos días o deciden pasar un periodo más largo en ella. Siempre se descubren cosas, lugares secretos, rincones románticos.

Esta vez os hablaré de aquellos que hemos tenido la oportunidad de estudiar y formarnos en ella, de lo que hemos vivido y sentido, de lo que hemos llorado y reído, de lo que hemos oído y degustado, de lo que hemos aprendido de la vida en un tiempo record.

No todo el mundo es tan privilegiado de poder estudiar en una ciudad como ésta, preparada para acoger a todo el que quiera llegar de todas partes de la tierra, y tener la oportunidad de recibir la mejor formación en cualquiera de las dos universidades: La Universidad de Salamanca y la Universidad Pontificia.

Yo estuve allí

Yo fui una de esas privilegiadas que tuve la oportunidad de estudiar allí, y la verdad os lo digo, que volvería a vivir aquella época aunque fuera por un breve periodo de tiempo, y volvería a repetir mi experiencia a pesar de tener algunas dificultades. Lo volvería a hacer y lo recomendaría a cualquiera que se sienta responsable.

Se dice que puede ser la perdición de muchos, llegar a una nueva ciudad, sin un control parental, con la sensación de que podemos comernos el mundo, y sí es verdad, puede que para algunas personas sea el camino a la libertad deseado, pero sin responsabilidad puede convertirse en el mayor de los agujeros.

Responsables ante todo

Hay que ser responsable con la decisiones que tomamos, pensar en el esfuerzo que pueden estar haciendo los padres, reflexionar sobre esa oportunidad puede llegar a suponer en el futuro… pero muchos no llegan a tener la madurez suficiente como para darse cuenta de que son unos privilegiados y que se presenta ante ellos una gran oportunidad para construir su futuro.

Todo está pensado por y para vosotros

Pero después de una gran charla, os voy a explicar que es lo que la ciudad puede aportaros como estudiantes. Primero, todo está pensado para vosotros, comedores universitarios, fiestas universitarias en locales nocturnos, la nochevieja universitaria… muchas actividades están dirigidas a este colectivo porque la ciudad vive principalmente de ellos y del turismo.

Los chicos además tenéis la oportunidad de meteros en alguna tuna de las diferentes facultades y pasar un buen rato. Las chicas todavía no tenemos la oportunidad de meternos en este tipo de colectivos tan tradicionalistas.

La joya de San Sebastián

Quien haya visitado la ciudad seguramente coincide en que es una de las ciudades más bellas en las que ha estado. Quizás la ciudad con la esencia europea más notable de todas las que forman nuestro país.

Sol en verano, la brisa que recorre su playa de la Concha, la fina capa de niebla que cae y cubre todos sus edificios, que confeccionan una identidad arquitectónica ecléctica fundamentada en el siglo XIX. Juntando elementos arquitectónicos típicos de Francia, Polonia, Reino Unido, etc.

Algo que llama considerablemente la atención de todos sus visitantes. La que es conocida con el sobrenombre de la “pequeña París”. Pionera en instalaciones como el tranvía, el alumbrado eléctrico o la telefonía.

Historia arquitectónica

En el año 1863 debido al crecimiento que cada vez más demandaba la ciudad guipuzcoana, se decide derribar las murallas que rodeaban San Sebastián. De esta forma se empiezan a formar nuevas construcciones que comienzan a introducir a la ciudad en su etapa con mayor esplendor, coincidiendo con la conocida Belle Époque.

Edificios como la Catedral del Buen Pastor, el Teatro Victoria Eugenia o el Hotel María Cristina, construido en 1912, siendo la viuda del monarca la primera en cruzar sus puertas.

Esta estrecha relación entre la ciudad y la monarquía no es casualidad. Ya que tras la muerte de Alfonso XII, en 1885, es su propia viuda, la regente María Cristina quien busca en San Sebastián un consuelo y una forma de escapada, que convierte a esta urbe en su retiro de verano. Un honor que San Sebastián le devuelve haciéndola alcaldesa honorifica.

El Palacio de Miramar

Muchos son los aristócratas de toda Europa, atraídos por los gustos de la Reina Regente, deciden poner en San Sebastián su residencia de verano. Al igual que los nuevos ricos, que constituían una nueva clase social en la época, la burguesía. Entre los que se encontraban celebridades como el sha de Persia, la espía Mata-Hari o León Trotsky como un ejemplo de nuevos vecinos.

Pero si hay que resaltar una residencia de verano, es la que a día de hoy es considerada la mayor joya de la localidad vasca: El Palacio de Miramar. Construido en 1893 por el arquitecto inglés Seden Wornum, como encargo y para disfrute de la Familia Real.

En su interior  destacan espacios como el Salón Blanco, el Salón de la Música, la Biblioteca o el Comedor Real. Estancias que en la actualidad se conservan casi como en su origen. Ya que desde 1972, tras pasar por varios propietarios, el ayuntamiento de San Sebastián lo asume como patrimonio local

… Dándole un sin fin de usos y eventos, como el del Festival de Cine de San Sebastián, Cursos de Verano de la Universidad del País Vasco o dando cobijo al Centro Superior de Música del País Vasco.

Situado en la Bahía de la Concha, se puede y se debe uno privar de dar un paseo mientras se contemplara la vez esta maravillosa obra arquitectónica.