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Las desventuras de un dominguero (I)

¡Albricias! ¡Un fin de semana largo! Salgo el jueves a las siete de la tarde y hasta el lunes a las ocho de la mañana no me ven el pelo. Bueno, el pelo de la barba, que el de la cabeza hace ya unos años que no se me ve… ¡Me voy de finde a la playa!

El jueves por la noche, preparando las maletas hasta las dos de la mañana después de explicarle a los nenes que sí, que vamos a la playa, pero  descansar, que eso de bañarse con quince grados de temperatura ambiental no es bueno.

Dominguero

Que llévate algo de abrigo. Que nos vamos tres días, no tres meses. Que si has revisado el coche. Que sí, que no… Total, las cuatro. Y mañana queremos salir sobre las siete para evitar el atascazo.

Comienza la odisea

¡Riiiinnnggg! Pocas veces sienta tan mal el despertador como al inicio de un “finde” largo. Y pocas veces mejor la ducha y el café para despertarse. Vamos, chicos, arriba. Ya me veo paseando tranquilo por el muelle, o pescando sin que nadie me moleste. Entre despertares, higienes y desayunos, salimos a las ocho y seis minutos de casa. Como varios millones de viajeros más. Ríete tú de la hora punta.

Tras el “Concierto de claxon en piiiii mayor sostenido hasta que se nos cae”, alcanzamos la autovía con tráfico medianamente fluido a eso de las once. El chiquillo tiene que ir al baño. La chiquilla debería haberlo hecho hace diez minutos. Bienaventurado el inventor de las áreas de servicio.

Un alto en el camino

Mamá cambiando al bebé. El chico en el baño y yo dándome de codazos con un camionero de metro noventa, malhumorado porque tiene que trabajar, para pedir dos cafés, una limonada y… ¿Qué era lo que su madre había dicho que tomaría el bebé? ¿Cerveza?… No… ¿verdad?

En fin, a las doce, tras soportar malos modos y peores humores de los felices viajeros, retomamos la ruta. Trescientos kilómetros, tres estaciones de servicio, una comida con sabor y textura de cartón y un pañal más tarde, llegamos al hotel. Las cinco de la tarde. Todo un record.
Atascazo

¡No hay tregua!

Cuando me dispongo a disfrutar de una merecida siesta, mamá me taladra con la mirada. Que cómo que siesta, que nos vamos a ver el pueblo que es precioso. Resistiendo la tentación de darle las llaves del coche y de la habitación, sonrío y con un “sólo eran cinco minutos para estirar la espalda”, me incorporo. Me duelen hasta las patillas de las gafas.

El paseo se prolonga hasta que cae el sol, momento el que casi grito de alivio y placer al descansar mis maltrechos huesos en una silla de restaurante indigna hasta para un faquir. La cena. Como es un restaurante “para turistas” o como nos han visto cara de tontos, por dos menús del día y un plato de lomo con patatas nos cobran 70 euros.

El merecido descanso… Si podemos

Al hotel. A dormir. Y mañana será otro día, si es que la juerga de la calle y la parejita de la habitación de al lado me dejan descansar un rato para que pueda distinguir entre hoy y mañana.

¿A quien se la ha ocurrido la brillante idea de pedir que nos despierten a las ocho? Ah. Claro. A mí. Es que hoy nos vamos de visita a los pueblos de alrededor, que son muy bonitos y muy turísticos.

Después de pasarnos la mañana pateando un pueblo muy típico (se ve que lo típico de aquí es que un pueblo sean cuatro casas pintadas de naranja), a comer. Esta vez unos bocadillos, que la cena de anoche nos dejó la cartera para pocas bromas.

Con las fuerzas renovadas

Seguimos ruta hasta la hora de la cena esquivando a unas señoras que pretenden vendernos artesanía local y que se molestan cuando les digo, a la quinta vez que nos insisten, dónde puede colgarse su esposo, si es que lo tienen, los collarcitos hechos con cantos rodados. A la cama, a ver si mañana podemos relajarnos.

Playita

Como es sábado, la francachela de la calle me desquicia hasta  tal punto que juro sobre el Libro Gordo de Petete que no vuelvo a salir de fin de semana. Encima, mi equipo de fútbol ha perdido por cero a seis Eso me pasa por ser del Atlético Villaquetempujo.

El regreso de Ulises

Domingo. Hacemos las maletas. Que no se quede nada ¿Y el bebé? ¡Ay, qué cabeza! Vamos a la tienda regalos. Esa que no cierra ni por defunción del dueño ¿Qué es típico de aquí para llevarle a una familia y amigos que esconderán el regalo en un cajón en cuanto salga por la puerta? Pago por unos collares de cantos rodados el triple de lo que me pedían ayer mismo las vendedoras callejeras.

Comemos. Salimos. Cuatro estaciones de servicio. Dos pañales. Un atasco de dos horas. A la cama ¿Cuánto queda para el próximo fin de semana de tres días o para el próximo puente? ¿Cuánto tiempo para reponerme, trabajando ocho horas diarias me queda hasta la próxima visita turística? ¿Es legal quemar mi propio coche para no tener que salir de la ciudad nunca más?

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