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Las desventuras de un dominguero (III)

Como ya estaba harto de que me llamaran dominguero, he cambiado de planes. Creo que no encaja con la idea que todo el mundo tiene de “dominguero” pasarse un fin de semana en Amsterdam. Aunque, bueno, cuando uno no está hecho para viajar, lo mismo da irse a Holanda que a la sierra de al lado de casa.

El caso  es que esta vez no he querido dejar nada al azar: he planificado hasta dónde tenía que leer el periódico. Para empezar, hemos negociado que mi cuñada se quedara con los niños. Lo ha hecho a cambio de que la invitemos a cenar en Nochebuena y Nochevieja, un par de copas y una Tablet para Reyes. No ha sido barato, pero un fin de semana de descanso bien lo vale.

Dominguero

Luego, hemos reservado el vuelo en una compañía baratita, con tres meses de antelación ¿Te quieres creer que por menos cincuenta euros, teníamos pasaje los dos? Tres meses esperando, planificando antes de dormirnos…

L’aventure commence

Llega el día: viernes. Nueve de la noche ¡Volando hacia Amsterdam! ¡Y aterrizando a cien kilómetros! Esas compañías de bajo coste… Bueno: habrá que pasar la noche en el sitio éste. Encontramos, casi por casualidad, cama en un albergue juvenil en el que nos dejan dormir cuando mentimos descaradamente sobre nuestra edad. Se ve que los jóvenes no querían dormir ahí.

… Y es que son jóvenes, pero no tontos ¡Vaya nochecita de frío! Se ve que no se enciende la calefacción más que durante los diciembres calurosos holandeses. En fin: una mala noche la tiene cualquiera. Tomamos un bus hasta la capital de Holanda, a la que llegamos, exhaustos, a eso de las once de la mañana.

Un lugar… pintoresco

El hotel lo hemos elegido por el nombre del barrio. Eso de “Barrio Rojo” tiene que ser tradicional o, como poco, pintoresco. El taxista nos deja a la puerta del hotel, al que subimos para dejar las maletas y mi mujer, que tiene más energía que un central hidráulica, se empeña en irse de escaparates.

Como estoy que no puedo más, mi esposa se apiada de mí y me concede que no vayamos más allá en nuestra expedición de los ventanales del barrio. Una santa, es lo que es. Pero la santa se transforma en un verdadero demonio cuando ve el tipo de género que se vende en los escaparates del Barrio Rojo de la capital holandesa.

Encerrado

“¿Qué miras?” “¿Pero dónde nos hemos metido?” “¡Oye, tú! ¡Que éste es mi marido!” “¿Cómo se dice lagartona en holandés?” “¡Y tú, no las mires!”. Entre gritos, empujones y aspavientos, me lleva de vuelta al hotel, de donde no me deja salir el resto del día. Le falta ponerse a rezar el rosario por mi alma y la de esas pobres chicas.

El caso es que hasta el domingo a mediodía no la convencí de que saliéramos a la calle, aunque sólo fuera a tomar un café. Salimos del hotel con las maletas ya listas para irnos directo al aeropuerto y me concedió tomarme un café.

Me pareció ver un lindo pitufito

Coffee Shop”… “Tienda de café”. Ahí tienen que tener buenas infusiones. La niebla baja y perfumada que nos envuelve nada más entrar debe ser parte de la ambientación. Eso tiene que ser que celebran una fiesta temática sobre Londres.

Al cabo de media hora, esa niebla baja nos tenía a mi esposa y a mí buscando a los pitufos que se escondían en las setas de colorines que estábamos viendo bajo la mesa… Y al cabo de otra media hora, no nos importaba haber perdido el avión.

El regreso

Cuando quisimos volver a la realidad, no nos quedaba otro remedio que sacar dos billetes de autobús y pasarnos el resto del día y de la noche sentados y disfrutando del paisaje. Menos mal que el lunes teníamos turno de tarde en el curro. Y menos mal que ya estoy acostumbrado a estos fines de semana… “intensos”.

Además, luego, en el trabajo, he echado un vistazo y he visto en Internet todo lo que nos hemos perdido, que no es poco. A lo mejor, hasta vuelvo, pero esta vez no se me van a escapar los pitufos.

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